La vida en un segundo
El pasado martes, como cada semana, salí a rodar en CU. Es mi ritual, mi entrenamiento, mi escape. Pedaleo unos 30 kilómetros cada martes, y esta vez no fue la excepción. A las 9:00 a.m. ya estaba en mi última vuelta, lista para regresar al coche y tomar mi junta de las 10:00.
Iba acompañada de Pablo, platicando sobre la importancia de hacer músculo para proteger los huesos… hasta que, de repente, sentí un empujón. Por un segundo pensé que la cadena se había atorado, porque mis piernas dejaron de responder, el pedaleo se detuvo y todo pasó en cámara lenta.
Caí. Pero no, como imaginé.
Sentí que alguien —o algo— me acomodó en el aire para caer boca abajo, protegiendo mi cabeza, como si fuera una escena de película en la que el héroe aterriza con precisión quirúrgica. Mi cabeza nunca tocó el suelo.
Después, la cámara lenta se apagó.
El grito de Pablo me trajo de vuelta a la realidad. Vi su rostro de espanto y, de pronto, el dolor llegó de golpe. Sentí la multitud a mi alrededor, voces preguntándome si estaba bien. No lo sabía. Algo dentro de mí decía que sí, pero la certeza aún no llegaba.
"¿No sientes algo húmedo? Podría ser sangre", me dijo alguien. Y entonces entendí: no me caí. Me atropellaron.
El miedo me recorrió el cuerpo. ¿Y si me voy a morir?
Le pedí a Pablo que sacara mi celular y llamara a mi hermana. "Por si pierdo el conocimiento", pensé. No tenía idea de lo que pasaba, solo sabía que me dolían las manos y la cadera.
Me quedé quieta. Me puse a rezar.
Entonces llegaron mis amigos: Clau, Manolo, Pepe, Andy. Verlos me hizo sentir más segura. "Ya viene tu hermana", me dijeron. Y en ese instante solo pensé en ella. "Pobre, qué mal que tenga que pasar por esto".
La ambulancia llegó. Me revisaron. Aparentemente todo estaba bien. Me subieron con cuidado y, antes de partir, pedí que esperáramos a mi hermana.
Y ahí estaba ella.
Martha, mi hermana, mi Beba. Llegó corriendo, con el rostro desencajado, con una angustia que me dolió más que mis heridas. Verla así me rompió el corazón, pero al mismo tiempo, me tranquilizó. No sé cómo explicarlo, pero su presencia fue mi ancla.
Dentro de la ambulancia, aún asimilando lo sucedido, le pedí al paramédico que me revisara los órganos internos. Sabía que no tenía fracturas, pero algo en mi vientre bajo me preocupaba. Me examinó y me dijo: "Estás bien".
Wow.
La señora que me atropelló siempre estuvo ahí, preguntando por mí. Le pedí a mi hermana que la calmara, que le dijera que iba a estar bien. No sé cómo, pero en ese momento supe que todo estaría bien.
En urgencias confirmaron lo increíble: raspones, moretones, esguinces, pero nada roto. Desinflamatorios, analgésicos, reposo y seguimiento con ortopedista. Nada más.
Estoy bien.
Me contaron después que, tras el impacto, salí volando contra el cofre y luego al suelo. No lo creí hasta que vi las fotos. Y aún así, estoy bien.
¿Voy a dejar la bici? No lo creo. Solo seré más cuidadosa. ¿Aprendizajes? Tal vez aún no los tengo claros, pero de algo estoy segura: la vida cambia en un instante.
Corrí con suerte. Siempre lo he dicho: soy una mujer con suerte y muy querida.
Y dentro de toda esta historia, lo más importante es decir:
Gracias, Beba. Gracias por correr como nunca para estar conmigo. Por tu miedo, por tu angustia, por tu amor incondicional. Por ser mi hermana, mi fuerza y mi paz.
Si llegaste hasta aquí, cuídate. Aprovecha la vida. No sabemos cuándo todo puede cambiar.
Gracias infinitas a Pablo, Clau, Manolo, Pepe, Andy y todas esas personas —conocidas y desconocidas— que me ayudaron ese día. Pero, sobre todo, gracias, Beba.